15 jul. 2012

Cambiando de modelo, ¿Por qué no? (y IV): ¿En realidad, a qué nos dedicamos?

Hay declaraciones que suenan bien y despiertan consenso, al menos a nivel teórico, y así paso por ejemplo con el artículo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que dice: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios”. Todas estas dimensiones están interelacionadas, de manera que el derecho a la salud no puede existir aislado de otros derechos civiles, económicos, sociales y culturales, y se enfoca en la perspectiva de una vida digna.

Yendo un paso más allá,una de las personas que más ha estudiado este tema, Michael Marmot, tiene una frase ya célebre que dice: Si los principales determinantes de la salud son sociales, también tienen que ser sociales las soluciones.

Sin embargo, cuando miramos las actuaciones y enfoques concretos del Sistema Sanitario, ¿a qué nos dedicamos? A poco que uno revise las noticias que aparecen en los periódicos sobre Sanidad y se pasee por las consultas de los centros, le quedará claro que los principales esfuerzos se dirigen a las innovaciones tecnológicas y farmacológicas centradas en algunos problemas señalados como prioritarios: enfermedades cardiovasculares, cáncer, tabaquismo, infecciones varias... Mientras tanto, dejamos de lado los determinantes sociales de la salud y otros problemas se invisibilizan. Una muestra evidente es el tema de la salud laboral: ¿quién se detiene en el hecho de que cada año mueren 120.000 personas en la UE por accidente o enfermedad laboral? También nos faltan datos sobre cómo afecta a la salud el paro, el subempleo, la precariedad laboral...

Así, no es extraño que Luis Weinstein, en su imprescindible libro "Salud y Autogestión", ponga en primer plano el trabajo de educador@s, sindicalistas, trabajador@s de barrio, etc. como generadores de salud, por delante de l@s trabajador@s sanitari@s. Porque en muchas ocasiones se reafirma el absurdo recogido en la siguiente imagen:



Como mucho, se habla del acceso universal y gratuito al sistema sanitario como garantía para revertir las desigualdades en salud. Sin embargo, no es suficiente. En todo caso, garantizar la accesibilidad lo que hace es no aumentar las desigualdades (para una reflexión más profunda, revisar el interesante artículo de A. Puyol "Ética, equidad y determinantes sociales en salud"). Para entender el limitado papel del sistema sanitario no hay más que asomarse a la siguiente imagen que recoge bastante bien las diferentes dimensiones que influyen y conforman la salud de personas y comunidades, dentro de las cuales se acumulan las desigualdades. 




En el momento actual, con el nuevo decreto ley que acaba con este modelo de universalidad, podemos afirmar que no sólo se están manteniendo, sino agudizando aún más las desigualdades entre quienes ven reconocido su derecho a la salud y quienes lo ven vulnerado.

¿Porqué pese a toda la evidencia y el sentido común disponible “nos olvidamos” de los Determinantes Sociales en Salud? De nuevo Marmot  nos ofrece una píldora de claridad: 

“La evidencia es una herramienta.
Pero por si misma no es suficiente.
Es necesario que haya deseo,
voluntad política de cambio.
Una vez que exista esa voluntad, 
La evidencia puede ser de gran ayuda.”


Es decir, por mucho que queramos centrarnos y casi aislarnos en aspectos meramente científicos y controlables, en el campo la construcción de la salud y la atención sanitaria (como en cualquier otro campo social, por otro lado) es fundamental considerar lo que se mueve a nivel de la voluntad política, del deseo, y cómo éstos se anudan con la ideología para conformar ilusiones que permitan justificarse.

Así, en el campo de la medicina es evidente que uno de los deseos/ideologías dominantes en las últimas décadas ha sido enfoque biomédico y farmaco-tecnológico, apoyado en grandes intereses económicos.

Pero no ha sido el único, sino que  se ha visto acompañado y reforzado por el deseo/ideología neoliberal, que nos ha querido convencer de que cada persona es libre y responsable (o culpable) de lo que le ocurra, en una suerte de individualización y desresponsabilización colectiva y estatal. Un ejemplo impagable de esta doctrina nos la ofrece Boi Ruíz, consejero de Sanidad de la Generalitat, que sin citar ninguna base científica ni dejarse frenar por ningún pudor es capaz de lanzar al aire toda una declaración de fe sin fundamento real, pero con claras intenciones "pedagógicas": “la salud es un bien privado que depende de uno mismo, y no del Estado (…) No hay un derecho a la salud, porque esta depende del código genético que tenga la persona, de sus antecedentes familiares y de sus hábitos...

El problema es que estos deseos/ideologías han conseguido infiltrarse hasta en ámbitos de reflexión ética. Así, el campo de la bioética se ha desarrollado desde los años 70 centrándose en el principio de autonomía del enfermo, pero sin meterse de lleno en un ámbito tan importante y urgente como es el la equidad y la justicia social. Caricaturizando, se ha profundizado más en el derecho a poder morir con autonomía y dignidad que en el derecho a vivir bajo estas dos claves. Un reto que queda pendiente para el futuro...

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Este artículo pertenece a la serie "Cambiando de modelo, ¿Por qué no?":


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