27 ene. 2014

Buitres

Parece que los buitres se alejan, al menos por el momento, de la Sanidad Madrileña. Pero habrá que mantenerse en guardia, el botín es demasiado jugoso como para dejarlo estar...

 
El Roto


20 ene. 2014

Las otras dimensiones

Tras un primer tiempo de fascinación Medicina Basada en la Evidencia, dado el evidente progreso que suponía respecto a enfoques anteriores, poco a poco me fui desencontrando con algunas aplicaciones prácticas que suponían su adopción como fe religiosa que no se podía discutir (lo cual no deja de ser curioso entre quienes se suponen grandes defensores de la ciencia). Todo lo que no entrara por el filtro de la evidencia era algo a rechazar, a ser señalado como mentiroso. Así, se igualaba la ausencia de evidencia con la falsedad, lo cual es bastante tramposo. La falta de evidencia es simplemente eso, falta de evidencia, un "no sabemos". Yo mismo en muchas ocasiones he desanimado a algunas personas que venían a la consulta con un "eso no sirve" cuando alguien me comentaba su interés en utilizar alguna terapia que no había demostrado su eficacia. Pero con este mensaje dejaba de lado gran parte de la realidad de quien tenía enfrente, todo su mundo de creencias, emociones, reflexiones... Vamos, ese mundo subjetivo tan rico que tod@s tenemos y que es sobre lo que se apoya el famoso "efecto placebo", siempre minusvalorado y que sin embargo puede y debería ser un apoyo tremendo en la terapéutica (de hecho ya lo es, no hay más que mirar el mundo de los antidepresivos).

Pretender que la realidad que somos capaces de comprender es la única verdadera es tremendamente limitado. Y no voy a ser yo quién vaya a defender las terapias alternativas, que desconozco en gran medida y muchas de las cuales me generan mucha desconfianza, pero en el diálogo entre "medicina científica" y "medicinas alternativas" muchas veces me he encontrado con la prepotencia de compañeros que menospreciaban a l@s otr@s colegas igualando "no científico" con "charlatán". No tiene por qué ser así, aunque pueda haber casos. Pero es necesario reconocer que muchas de estas terapias abordan otras dimensiones de la realidad que no por escaparse de nuestra comprensión significa que no existan. Como explica Lewis Mumford  en su imprescindible libro "El pentágono del poder", puede haber una peligrosa ambición de dominio tras esta pretensión:

"Rechazar como inexistente algo que resulta indescriptible supone equiparar existencia con información. ¿Puede describir­se un color según la mera longitud de onda, determinable matemáticamente? Por muy precisa que pueda ser esta descripción abstracta, no ofrece ningún indicio del color como experiencia subjetiva. 

(...)

Hoy, este miedo casi patológico hacia lo que no puede examinarse y controlarse directamente — ya sea este control externo (preferentemente mecánico), electrónico o químico— sobrevive como el equivalente científico a un atavismo mucho más antiguo: el miedo a la oscuridad. Y si, por el contrario, después de cuatro siglos de dedicación a actualizar esta cosmovisión desfasada, ahora sobrevaloramos la máquina, ¿no se deberá a que la doctrina mecanicista que nos ha permitido diseñar máquinas y controlarlas también le promete al científico un dominio parejo sobre los organismos vivos que identifica burdamente con máquinas? En efecto, en un mundo de máquinas, o de criaturas que pueden reducirse al estado de máquinas, los tecnócratas serían dioses. (...) 

El hecho de que un científico moderno siga apegado a esta velusta imagen del mundo hasta el punto de deplorar la existencia de acontecimientos orgánicos ajenos a este esquema tan pobre muestra cuán atractivo y poderoso era el modelo hipersimplificado, y por desgracia sigue siéndolo hoy."

8 ene. 2014

¿Quién eres?

Anda Sara, mi hija de tres años, en plena etapa de miedos varios. Y se puso el otro día a dibujar aquellas cosas que le asustan. "¿Qué estás dibujando?", le pregunté. "Los monstruos sin nombre", me contestó.

Lo que no se puede nombrar, mirar cara a cara, asusta. Y al revés, cuando es posible el contacto tú a tú y llamarse por el nombre es posible generar una confianza que nos lleve a atrevernos a hacer cosas junt@s. Y entonces me acordé de una charla en la que estuve el año pasado en la que a un militante histórico de la Asociación de Vecinos de Orcasitas le preguntaban cuál había sido el papel de los profesionales y universitarios en la lucha vecinal de los años 70. "¿La universidad? ¿Los profesionales? No sé... Yo puedo decir que Juan González, que está aquí enfrente y es abogado, siempre nos apoyó mucho", y a continuación comenzó a relatar diferentes historias que ejemplificaban este apoyo recibido, no por "un profesional" ni "un universitario", sino por personas concretas. Y su charla prosiguió recuperando la memoria de aquellos años a través de muchos otros nombres y apellidos, incluidos los de algún ministro y alcalde, pero que en su charla quedaba claro que habían dejado de ser esos seres lejanos conocidos como "los políticos", ya que según contó es "conseguíamos que XXX XXX  viniera al barrio, y le paseábamos por el barro de nuestras calles, le invitábamos a nuestras casas para hablar, para que conociera lo que vivíamos. Así conseguimos que entendiera la realidad y que tuviera que darnos una respuesta".

Me encantó su relato lleno de tanta gente de carne y hueso, nombre y dos apellidos. Entre otras cosas, porque no es algo que abunde en el mundo "profesional", donde cada vez más faltan esos referentes, al ser sustituidos por ejecutores de una función que van rotando según las necesidades de los servicios para los que trabajan. Al principio, con los primeros que contactas, le miras a la cara e intentas recordar su nombre. Al cabo de un tiempo te das cuenta de que no merece la pena esforzarse mientras nadie se decida a pararse para decir "Estoy aquí. Puedes contar conmigo". Mientras esto no ocurra, te abandonas a la inseguridad e incluso el miedo.