17 nov. 2010

Vida, Inmunidad, Medicina...

Resulta muy interesante la lectura de Bios, de Roberto Esposito, y más aún si dejamos que las preguntas y los planteamientos de fondo que van surgiendo a lo largo del texto vayan conectando con la realidad concreta de la atención sanitaria que practicamos o recibimos, según el caso.

El libro realiza un recorrido por los pensadores que se han preguntado por la relación entre vida y política, siguiendo la pista de Foucault, Nietzsche y otros muchos autores, y también por las prácticas históricas que han llevado esta dialéctica vida-política a sus límites, como ocurrió en la Alemania nazi. Porque en contra de la imagen que tradicionalmente se ofrece de este régimen como de un sistema basado en la muerte y el exterminio, Esposito plantea que tenía más que ver con los demás regímenes políticos del último siglo de lo que nos gustaría reconocer. ¿Cómo se explica esto? A partir del modelo inmunitario, que plantea que al poner la protección de la vida en el centro de la política, sobrepasado un umbral, el sistema defensivo puesto en marcha puede atacar al propio organismo hasta destruirlo, como ocurre también en las enfermedades autoinmunes. Así, en la Alemania dominada por Hitler la preocupación por cuidar la vida del pueblo alemán llevó a destruir a aquell@s identificados como agentes infecciosos dispuestos a destruirla, y el sistema puesto en marcha generó una dinámica de muerte que se llevó por delante todo el país.

¿Qué relación tiene esto con la práctica médica cotidiana? Algunos elementos son más evidentes, sobre todo en estos tiempos en los que ya se aborda más claramente el problema de la medicalización de la sociedad y de  la creación de enfermedades inexistentes (disease mongering), o el de la prevención cuaternaria de la que tanto habla Gervás. En este sentido resulta interesante asomarse a articulos como el de Limitation of Diagnostic Effort in Paediatrics, de Carmen Martínez González, donde reflexiona sobre las consecuencias psicosociales que puede tener el adjudicar etiquetas que son reconocidas como enfermedades sin aportar ningún beneficio en términos de manejo y/o tratamiento para la persona diagnosticada . Y como esta marea de enfermedades y pre-enfermedades suele venir acompañada por una avalancha de datos de difícil digestión, no está de más aferrarse a los esfuerzos que algun@s realizan para rescatar y aclarar la poca evidencia real que existe en muchos de los campos donde más campaña se hace. En este sentido es ejemplar la valoracíon crítica sobre las cifras mágicas en la prevención farmacológica de la enfermedad cardiovascular y de fracturas que realizaron un@s compañer@s de Castilla-León.

Pero más allá de este campo más trabajado, sigue faltando una reflexión más a fondo sobre cuál es el verdadero papel del sanitario. Resultaría especialmente interesante reflexionar sobre ese término tantas veces utilizado pero en el que no se suele parar mucho: la vida. Se dice que l@s médic@s tenemos "la vida del paciente en nuestras manos". Sin embargo, no dedicamos mucho tiempo a indagar sobre este aspecto, mientras que nos esforzamos en perseguir enfermedades y alejar la muerte, esa de la que tampoco gusta mucho hablar, pero de la que parecemos saber mucho más, o al menos tenerla mucho más en cuenta.

En Bios se apunta el pensamiento de Nietzsche sobre  la dialéctica entre el impulso vital de expansión, de salir hacia fuera, de crecer (lo que llamó la voluntad de poder) y el instinto de supervivencia, de autoconservación. De alguna manera son dos fuerzas que chocan repeliéndose, pero que se necesitan mutuamente al mismo tiempo. Sin supervivencia, la vida no puede expandirse al desaparecer, pero sin el impulso de crecimiento, de expansión, la vida termina encerrándose sobre si misma y perdiendo su energía, asfixiándose.

De alguna manera, el conocimiento médico ha profundizado mucho en cuanto a la conservación de la vida. La  vida entendida como superación de límites, como crecimiento (no ya de factores poblacionales, sino de la propia persona y la comunidad), como expansión, ha quedado como algo secundario, incluso banal. La lucha contra la enfermedad y la muerte ha ocupado el primer plano, y ha terminado justificando cruzadas reglamentadoras, planes para imponer estilos de vida, especialistas a costa de la sensación de ignorancia del que acude a ell@s...

Y así, hemos ido encerrando, aprisionando, no ya la muerte, sino la propia vida, generando dependencias, impotencias, miedos, inseguridades...

En nombre del cuidado de la vida, la terminamos anulando.

Ojalá algún día alguien salga de la consulta diciendo "¡Esto es vida!". Pero hoy por hoy parece difícil de imaginar, ¿no?

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