7 jul. 2010

Saliendo d´espacio

Se acabó. Tras cuatro años haciendo la Residencia de Medicina Familiar y Comunitaria y, sobre todo, tras este último curso en el centro de salud, hoy pasé mi último día de consulta. Cerré la puerta tras una mañana llena de despedidas, de buenos deseos, de agradecimientos mutuos y salí a la calle con una sensación de vacío que de repente se mostraba con toda su crudeza.

En el día a día a veces uno pierde la perspectiva, presionado por una lista que reduce los tiempos de encuentro a su mínima expresión. Sin embargo, lo bonito de la medicina de familia es que por otro lado te ofrece la posibilidad de expandir este tiempo a lo largo de las semanas, de los meses, de los años, y a lo ancho de los diferentes ambitos de la persona, de la familia, de la comunidad.

Así, poco a poco se te van ofreciendo piezas de un puzzle que te ayuda a ir entendiendo mejor quién es esa persona que entra en la consulta, que vive, que siente, que busca, que espera.

El problema es que la demanda de salud como objeto de consumo existente en nuestra sociedad y la presión de la industria por transformar el papel del médico en el de puro expendedor de novedades "terapéuticas" termina (o empieza) tergiversando y contaminando la cosa, haciendo olvidar lo esencial de ese rol, de ese espacio, de esa relación.

Te enfrentas a síntomas que acallar, a enfermedades que curar, a situaciones que transformar... Y, sin embargo, no puedes borrar del todo aquellos momentos en los que no hay nada en tu mano que puedas hacer para acallar, para curar, para transformar... En esos momentos aparece en toda su dimensión lo que para mí es la clave de la medicina de familia y comunitaria: el acompañamiento. Cuando no se puede ofrecer otra cosa, queda el seguir presente al lado de la persona. Lo más valioso. 

Sinceramente, no sé muy bien a cuánta gente he hecho ganar años de vida, a cuántos he ayudado dando con el medicamento clave para controlar su dolor, a cuántos he derivado con buen criterio al "especialista".

Porque ahora mismo lo que me viene a la mente y al corazón es la suerte que he tenido de haber podido conocer de manera tan cercana a tanta gente que lucha por conseguir lo mejor para ellos y los de su entorno; de ser testigo de su esfuerzo y sus capacidades para superar las dificultades, a veces descomunales; de asomarme a momentos de dolor y de alegría que van transformando la vida de cada persona y la mía también. 

Frente a eso, lo que he intentado es ofrecer un espacio donde poder hablar, expresarse, llorar y reír según lo que el cuerpo iba pidiendo; un espacio donde sentirse acogido y en el que recibir el reto de asumir la responsabilidad del propio cuidado; un espacio en el que yo dejara de mandar tanto como mi inseguridad me pedía.

Así, las imágenes "triunfantes" de estos años que me asaltan ahora mismo están llenas de acuerdos realizados, de lágrimas y risas compartidas, de abrazos, de caricias...

Tantas caricias dadas, tantas recibidas, tantas pendientes... Y tan necesarias...



P.D. Como no dar las gracias también a todos los compañeros de este proceso, 
en especial a Jesús y Jara, a Marta, a Cecilia, a Bea y Santi, 
a Rosa, a Pedro y Elena, a Victoria y a Lola,
y especialmente al maestro de la caricia bien dada, Juan Luis 

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