24 feb. 2013

"Soy un profesional"

Érase una vez un libro llamado "Posteconomía. Hacia un capitalismo feudal", de un tal Antonio Baños, interesante como pocos, y con algunas joyas como esta descripción que hace del papel de los profesionales en estos tiempos que nos corren por encima:

El profesional 

Cuando yo era niño, estaba muy claro quién era un pro­fesional. Si era un hombre, traía mira telescópica, y si era una mujer, ligueros. Los demás tenían su oficio o simple­mente trabajaban. Sin embargo, hoy, cuando una persona se presenta ante sus congéneres, se lleva la mano al pecho y dice «soy un profesional», como si se tratara de la defini­ción más amplia y benévola de su condición mortal.
  
El proceso de generalización es muy característico de lo neofeudal. La complejidad debe ir agrupándose y di­solviéndose en grandes bloques. Como ya hemos visto, existe un imperativo por parte de la hegemonía para que pasemos de lo concreto a lo genérico. Como periodista, recuerdo que antes se decía que trabajabas en un periódi­co, pero pronto pasó a ser un medio y ahora se le suele definir como producto. De la misma manera, un sastre, por ejemplo, pasó a ser un empresario y ahora gusta de calificarse como emprendedor, una categoría no laboral sino moral y genérica de la existencia. En esa misma lí­nea, «profesional» es un término que ha conseguido aglu­tinar casi toda la actividad humana. Ser profesional no señala un sector o una habilidad, es una predisposición, una actitud.


Antes alguien tenía una profesión cuando dominaba un saber técnico concreto y además encajaba en las normas éticas y de comportamiento social de sus semejantes. Alguien inscrito, y al corriente de pago, en el colegio de abogados ejercía una profesión, mientras que un tipo que reparaba bicicletas por su cuenta tenía un oficio. Esa con­notación ha sido abolida. Ya no existen las profesiones, pero sí se ha extendido el comportamiento profesional, es decir, obediente a las reglas. Si nos remitimos a la eti­mología de la palabra, veremos que cuadra de manera sorprendente. Profesión viene de pro-fateri, un verbo que significa admitir, confesar, aceptar; de ahí que se diga «profesión de fe». Por lo tanto, ser un profesional no tie­ne nada que ver con una habilidad o un conocimiento técnico: se trata de alguien que profesa, que sigue con fe las reglas establecidas.

Y llegamos a donde queríamos. El mito de la profesionalidad es un inhibidor ético de una eficacia absoluta. Un profesional en ejercicio de «su profesionalidad» pier­de su capacidad de elegir, de distinguir entre el bien y el mal. Hay una suspensión de la persona, del individuo a fin de que actúe ese eslabón social que es el profesional.


Un soldado que ametralla civiles, un empleado judi­cial en un desahucio, un MBA que despide a trabajadores para dar beneficios a los accionistas, o el trader que hace subir el precio del trigo para ganar más con unos contra­tos de stock options. Todos ellos necesitan un amparo so­cial para hacer el mal. Una descarga moral. «Yo sólo hago mi trabajo», dicen, lo que supone que mi ocupación deja partes de mí fuera de mis acciones, me aliena, pero a su vez me libra de juicio. El profesional ya ni siquiera nece­sita utilizar aquel socorrido «yo cumplo órdenes». Ante­riormente, los mandatos necesitaban dos juicios morales: de quien da las órdenes y de quien decide obedecerlas. Por el contrario, el profesionalismo, al erigirse como un credo impersonal, evita ese mal trago, y da paso a la justi­ficación «hago eso porque es "la profesión" la que me obliga». Desde el gran banquero hasta el empleado de ventanilla que sugería la firma de la hipoteca, todos utili­zan la misma explicación, todos niegan haber sido ellos. Ahora bien, apelar a la profesión es etimológicamente lo mismo que confesar, por lo que las acciones indecentes hechas bajo el amparo de la profesionalidad no son más que burdas confesiones.
 
Otra virtud del culto al profesional es su horizontali­dad. No importa si vendes kalashnikovs o eres animador infantil; si trabajas como becario precario o como predador financiero, todos somos iguales (tenemos los mismos derechos), pues todos actuamos como profesionales, y ese profesionalismo delimita nuestro espacio y nos invita a no movernos de allí. «Me acaba de abrir la cabeza, agente.» «Lo siento, soy un profesional. Hago mi traba­jo.» Este matiz performativo es decisivo. El profesional sólo puede representarse ante los demás con su gesto, con su actuación, y la elusión de la responsabilidad es el pre­mio que se obtiene por una exigencia de eficacia. Un amateur puede hacer las cosas más o menos bien, a su aire; al profesional se le exige un escrupulosa obediencia. Como los siervos medievales, hay que hacer sólo lo que toca hacer, porque de lo demás se encargarán el señor y Dios.


Otro aspecto interesante, y directamente relacionado con el tema del profesionalismo, es la puesta en valor del tiempo vital y, por ende, la esquizofrenia que se genera entre la vida misma, entendida como consciencia sobre el discurrir del tiempo, y el tiempo como mercancía. Si comparamos a Fernando Pessoa y Lucía Etxebarria lo ve­remos claramente, aunque ya sé que es difícil saber con cuál de los dos magos de las letras quedarse. Pessoa traba­jaba como traductor y en sus horas de ocio escribía cosi­tas. Obviamente, como Pessoa soñaba con el regreso de un tiempo más noble regido por el rey don Sebastián, no discernía entre «tiempo de trabajo» y «tiempo de vida». En oposición, Lucía Etxebarria declaró en 2011 que de­jaría de escribir porque su tiempo como narradora no le era rentable a causa de la piratería. Ella, muy profesional, entiende que su tiempo debe ser constantemente puesto en valor, y si el tiempo dedicado a la literatura no es ren­table, hay que abandonarlo. Para un profesional, el ma­yor pecado es que las horas no sean rentables; es tiempo perdido, en suma. Y ahí reside la diferencia radical entre un amateur como Pessoa y una profesional como Etxe­barria: la consideración de la propia vida, contabilizada en unidades de tiempo, como mercancía enajenable.

2 comentarios:

  1. Elenística25/2/13 23:37

    Genial, ha puesto en palabras lo que he pensado tantas veces. Esto es sumamente peligroso... Ese distanciarse de tus actos, esa deshumanización escudándose detrás del "es mi trabajo"... Como si durante tus horas de trabajo dejases de ser tú, de ser un ser humano, y pasases a ser solamente la pieza de la maquinaria laboral... No puedes desprenderte de tu humanidad a voluntad...

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  2. lo peor es que se supone que este es el modelo a seguir, de lo que debemos estar orgullos@s, lo que nos permitirá dormir con la conciencia tranquila... sin responder a nuestra verdadera responsabilidad, que es poner lo que sabemos (gracias al privilegio de haber tenido la oportunidad de acceder a unos estudios superiores, por ejemplo) al servicio de lo común.

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