9 abr. 2018

Explorando los cuidados

Ahora que las miradas van poco a poco explorando las realidades y significados de los cuidades, merece la pena bucear en algunos textos que permiten entender mejor los retos que estos nos plantean, como por ejemplo los de Gloria MarínLaura Palazzani, del que extraigo estos fragmentos sobre la articulación entre cuidados y justicia, entre práctica y teoría (gracias a las gentes de Madrid Ciudad de los Cuidados por recomendarnos estas lecturas):

El cuidado supone un relación asimétrica y no recíproca, de ello resulta un estrecho vínculo entre el concepto y la práctica. Cuidar no es un concepto abstracto o una teoría impersonal: del cuidado sólo puede derivarse una actitud interior, que se traduce en comportamiento, acción concreta en la realidad, en situaciones o contextos específicos de experiencia cotidiana. Cuidar no puede ser una práctica extrínseca (una acción exterior), sino que debe estar necesariamente conectada con una práctica interna (vivida, en la experiencia del agente), que implica el senti­miento (la capacidad se sentir algo hacia alguien), la empatía (la participación en lo vivido por el otro), la compasión (identificación del sujeto con la experiencia del otro). La obligación moral procede (espontáneamente) del interior (no es, no puede ser impuesto con coerción por reglas externas, a las que se obedece de forma pasiva).

Cuidar es, además, una práctica que se despliega en el tiempo: es un proceso, una tarea, un compromiso activo, una tensión constante; por tanto, es una virtud (en contraposición a la bioética de los principios) que se adquiere con el hábito de la conducta, sostenida y acompañada por una fuerte motivación personal. Es la práctica de la preocupación, de la atención, de la solicitud: desear el bien del otro, hacer bien al otro, en la capacidad de trascender los propios intereses inmediatos, que emergen en la situación concreta, con independencia del intercambio, en la gratuídad y el desinterés, con la lógica de la beneficencia o benevolencia hacia la alteridad.

En este sentido, en filosofía se podría definir el cuidado como actitud interior y compromiso activo de preocupación/atención responsable (a-simétrica y a-recí­proca) a quien es vulnerable.

(...)

Comprender la vulnerabilidad de los otros implica comprender la propia vulnerabilidad y, por tanto, comprender la vulnerabilidad como condi­ción humana (del otro, del sujeto, del hombre, de cada hombre). La conciencia del límite, un ser indigente, finito, la fragilidad como estructura antropológica y fun­damento de la acción moral. La vulnerabilidad es la experiencia de todos: al llegar al mundo (todos somos hijos, tenemos la certeza de haber nacido de otros, la alte- ridad es estructural, nadie se crea a sí mismo, sino que tiene necesidad de otros para nacer y para existir); en la enfermedad, en la marginalidad, en las situaciones de debilidad, al acercarse la muerte. La experiencia del límite es la experiencia de un yo que no es autosuficiente, tiene necesidad del otro y de los cuidados del otro. El yo tiene necesidad del otro para ser plenamente él mismo (para adquirir su iden­tidad); tiene necesidad de relacionarse, como condición y como manifestación de la identidad humana. El hombre (varón o mujer) es, al mismo tiempo, sujeto y objeto del cuidado; tienen necesidad de los cuidados del otro (ontológicamente) y tiene la posibilidad de cuidar del otro (éticamente).

(...)

El cuidado integra la justicia (siendo complementaria). El cuidado permite el reconocimiento del otro, y no sólo de forma racional como socius (es decir, aquel que pertenece al mismo orden de la existencia), sino también como prójimo, con empatía, pasando de la relación social, racional, abstracta, imparcial e impersonal, a la relación personal e interpersonal, de sentimientos y experiencias. En este sentido y más allá de la justicia, el cuidado justifica una especial atención a los agentes más débiles.

Justicia y cuidado, a la vez, permiten la realización plena de la dignidad humana: la justicia garantiza, en el ámbito biojurídico, una ética mínima (igualdad simétrica y recíproca). En bioética, el cuidado tiende hacia una ética de máximos (la responsabilidad con empatía, la solicitud altruista y filantrópica). El cuidado exige atender a las diferencias en la igualdad, a las condiciones humanas y reales.

Situar la justicia en las condiciones humanas, reales y concretas, permite especificar el concepto universal de justicia. La justicia por sí sola no es suficiente, el cuidado por sí solo no es suficiente. La justicia es necesaria, pero el cuidado le da sentido. Justicia y cuidado permiten combinar el universalismo abstracto con lo concreto: el cuidado va más allá de la justicia al reconocer el valor de la solidaridad, en su sentido público y universal. Por esta razón, la bioética del cuidado hace una importante contribución, huma­niza la actuación en el ámbito sanitario, contra los excesos de la técnica, de la tecnología, de la gestión, de lo empresarial, contra la despersonalización y buro- cratización de lo sanitario (basado siempre en protocolos y estadísticas). Empieza a ser relevante la educación y la formación en un saber biomédico que no sólo sea técnico, sino humano, que sepa poner énfasis en algo más que en las capacida­des técnicas (las habilidades profesionales), en la gestión (la optimización, la efi­cacia), apostando por las capacidades humanas para relacionarse (el médico, la enfermera, el trabajador de la salud, también la familia, los parientes y los amigos). La ética del cuidado anima a ampliar la perspectiva, prestando atención al bienes­tar global del paciente, considerándolo como persona (en su dimensión física, psí­quica, social y espiritual), atendiendo a la familia y al contexto social (el entorno del paciente). Cada vez es más evidente el valor de la relación interpersonal, la atención y la empatía que surja de una motivación interna (que no se limite a actuar, sino que piense en el ser), en el compromiso con el otro y con el bien del otro.


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