31 ene. 2019

Conjugando salud en plural

Hace un año justamente andába enredando ideas junto a Elena Ruíz, María José Fernández de Sanmamed y Mariano Hernández a partir de la invitación de J. Gervás para escrbir algo sobre la simplicidad de la respuesta sanitaria a los problemas sociales y el peligro de medicalización con buenas intenciones. Y esto fue lo que parimos...



                                         Foto: Elena Serrano

Otro día más de consulta. Otro día más arrastrando esta sensación de desenfoque, de no terminar de encontrar el rumbo, de desborde. Llevo ya 8 años en el mismo centro de salud y la dinámica de deterioro de la situación social y económica del barrio no revierte. La consulta sigue coloreándose con mil y un circunstancias sociales frente a las que siento que poco puedo hacer, la verdad. Tantos años de carrera, la residencia, tantas formaciones de mil y un tipos en mi esfuerzo por mantenerme al día, y la sensación de que hay algo fundamental que se me escapa, frente a lo que no sé qué hacer ni cómo actuar, sigue indemne. La sorpresa inicial al descubrir todas estas realidades tan distantes de la mía (¡menudo aterrizaje tuve cuando llegué a este centro!) ya pasó, pero sigo sin tener muy claro cómo dar un paso adelante. Las informaciones sobre los nuevos fármacos y protocolos de actuación se acumulan sobre mi mesa, pero todavía sigo esperando que venga alguien a explicarme cómo responder a Pedro, que relaciona el diagnostico de depresión con los tres años y medio de paro que lleva, qué hacer más allá de dar un ansiolítico a Rosa, sobrepasada por la amenaza de un desahucio, o a Inés, que no soporta más el acoso de su jefe, o que otras alternativas puedo ofrecer a Fernando para el manejo del su dolor además de las farmacológicas, de eficacia tan limitada en casos de biografías tan abigarradas como la suya. Porque mientras tanto me golpea la sensación de impotencia por no poner más que tiritas que tapan algunos síntomas mientras queda al descubierto el grueso de las causas de tantos malestares y enfermedades.

No, no puedo decir que no esté haciendo nada en estos casos. Desde el comienzo de mi formación me inculcaron que debo tener siempre una respuesta preparada frente al sufrimiento humano, así que me centro en buscar una explicación biomédica, dentro del paradigma en el que me he formado y en el que me resulta más cómodo moverme. Por lo menos me permite aportar algo, “intervenir”. Pero, ¿para bien o para mal? Muchas veces me asalta esta duda previamente a la impotencia que comentaba antes. Porque quizás de esta manera, recogiendo, encuadrando y respondiendo a lo que me comparten dentro del enfoque biológico/tecnológico/farmacológico termino legitimando ante la persona que tiene un problema, orgánico o psicológico, da igual, ya que de todas maneras queda en lo individual y requiere de un/a profesional para ser arreglado.

Transformando lo social en individual, en vez de abordar los mecanismos sociales que provocan estas realidades y que determinan la salud, puede llevarme a reforzar las dinámicas que responsabilizan, e incluso culpan, a quienes sufren de sus problemas o enfermedades. Responsabilizar para luego desposeer de cualquier capacidad de acción, situada la dolencia en un plano bioquímico inaccesible, impidiendo reconocer los propios esfuerzos por resistir, promoviendo la victimización y transformando a las personas en pacientes, pasivos/as, impotentes, a merced de “expertas/os” (¿o mejor llamarles “salvadoras/es”).

Un buen ejemplo de esto es todo el aparato construido en torno a los estilos de vida, con mil y un preceptos “saludables” lanzados como dardos a quienes acuden a nuestras consultas, sin reparar en cómo influyen los diferentes condicionantes sociales que nos encontramos unos y otras en las posibilidades de ponerlos en práctica. ¿Cómo tener una dieta equilibrada cuando la principal fuente de alimentos es un contenedor de basura o un banco de alimentos? ¿Cómo encontrar la tranquilidad para la meditación cuando estás tan sobrepasado por mil y una dificultades que resistirte a huir del mundo a través de una botella es toda una heroicidad? ¿Cómo hacer deporte cuando las instalaciones adecuadas para ello son de pago y los parques y calles de tu entorno peligrosos?

En los últimos años he tratado de leer lo que he podido sobre determinantes sociales en salud. La verdad es que es sorprendente hasta que punto se ha llegado a confirmar la influencia de éstos y lo poco que se ha traducido en prácticas concretas. «Si los principales determinantes de la salud son sociales, sociales han de ser también las soluciones», decía Marmot. Pues bien, ¿a qué esperamos para ponerlas en marcha? Será que somos mayoría quienes estamos como yo, sin saber qué hacer en concreto. Eso o que las soluciones posibles pondrían en cuestión todo el tinglado de intereses económicos, políticos y profesionales que sostiene la actual apuesta por la farmacia y la tecnología como puntas de lanza del sistema sanitario.

A veces creo ver en la enfermedad a una espía de las contradicciones del sistema. Sí, ese que dice preocuparse por la salud de todas las personas, pero que nos enferma desigualmente. El mismo que invisibiliza que la salud es una cuestión colectiva en la que sólo las consecuencias de su pérdida son individuales. Si trabajamos sólo en la resolución de éstas, si canalizamos el sufrimiento hacia lo sanitario y dejamos de atender las causas de las causas como algo sistémico, de cuidar aquello que protege nuestra salud, estaremos generando un entorno insalubre, de enfermos adaptados.

¿Y qué hacemos cuando la enfermedad se convierte en el único lenguaje legitimado de denuncia, cuando los colectivos se reapropian colectivamente de ella y la reivindican como medio de protesta? ¿Qué papel jugamos en esos casos? ¿Estamos dispuestos/as a escuchar estas formas de narrarse desde experiencias comunes de sufrimiento? No es cualquier cosa, ya que esto pone en cuestión nuestro rol como agentes de enunciación de la enfermedad. Pero al mismo tiempo nos muestra una nueva posibilidad de relacionarnos como aliadas/os y acompañantes de los procesos puestos en marcha en los cuerpos y las calles.

En la consulta, enfrente de mí, por encima de cada paciente que atiendo, puedo leer el cartel que he colgado: “Curar y solucionar a veces, escuchar, entender y acompañar siempre”. Es la brújula que he encontrado por el momento para abordar esas realidades que se me escapan, que me desbordan. Para encontrar otras maneras de hacer. Mirar cara a cara a quien tengo enfrente, a cada una de estas personas, con buen ánimo para aprender y compartir lo que sé, para promover una dinámica de diálogo, conocimiento y reconocimiento mutuo que nos permita entender mejor qué es lo que podemos aportar cada uno/a desde nuestra posición, desde el ser “paciente” o “ciudadana/o” y el ser “profesional”, para superar la impotencia que nos encierra a unas y a otros con tanta frecuencia. Dejar atrás nuestra manía tan “médica” de etiquetar síntomas y clasificar personas como base sin la cual no es posible actuar, aprender a hablar más allá de nuestros términos “sanitarios” y enredarnos en conversaciones sobre vivienda, sobre trabajo, sobre educación, sin pretender conquistar estos ámbitos desde el campo de la salud sino más bien conocer y vincularnos con lo que otras hacen. Escuchar para poder desde ahí reformular conjuntamente los problemas, considerando tanto el impacto en salud individual como la referencia a los contextos sociales, convivenciales y biológicos que los codeterminan. ¿Qué es si no tratar a las personas con la dignidad que reclaman desde las calles?

Esta dinámica de escucha y reconocimiento de los diferentes saberes que aportamos unas y otros (experiencial, práctico y académico) es la que nos puede empujar más allá de las respuestas individuales, poniéndonos en marcha al encuentro de otras y otros diferentes para ver qué somos capaces de construir desde lo común. Esto nos lleva también a un replanteamiento de nuestro rol profesional, no queda otra, pero nos permitirá también entender mejor cómo poder hacer aportaciones más efectivas y útiles. Y, desde esta nueva posición, animar a otras personas, especialmente a quienes se enfrentan a situaciones de mayor precariedad y aislamiento, a enredarse en esta deriva en la que poder aportar y recibir, en la que poder crecer en colectivo frente a la amenaza de la impotencia y la desesperación.







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