14 nov 2022

Nuestros nombres y la salud

"¿Y ahora qué?". Hoy vivimos una manifestación histórica en defensa de la Sanidad Pública y contra el desmantelamiento de la Atención Primara, inundando calles y avenidas como no se veía hacía muchos años, con la alegría compartida por el encuentro y la potencia colectiva que de nuevo se siente en marcha... ¡Aquí estamos! ¡Dignidad en pie frente a quien no hace más que pisotear derechos!

"¿Y ahora qué?", pregunta un amigo al acabar, "¿Cuál es el plan?". ¿Presionar para conseguir minimizar los daños causados con los últimos planes, que han roto el sistema de atención extrahospitalaria de urgencias? ¿Empujar para volver a la situación anterior, dándola por buena? ¿Hacer campaña para conseguir el cambio político en las próximas elecciones y quitar del gobierno autonómico a quien viene desmantelando el sistema público de salud desde hace décadas, mientras favorece el negocio privado en este campo? Pues habrá que poner fuerzas en ello, está claro, pero no serán más que medidas paliativas si no nos atrevemos a mirar y dar pasos más allá de este marco limitado.

"¿Y ahora qué?". El problema es que llueve sobre mojado. El modelo de Atención Primaria en salud nunca se llegó a desarrollar más que parcialmente en nuestro país, y muchas veces la nombramos sin tener muy claro lo que es ni las claves que hacen que sea una herramienta clave en el cuidado de la salud. Desde hace demasiados años venimos acumulando retrocesos y rupturas, que nos han hecho refugiarnos en llamamientos a una resistencia cada vez más impotente para proteger lo poco que queda, mirando más hacia el pasado que hacia el futuro, sin darnos cuenta de que lo que nos traemos entre manos son fragmentos de un anhelo común que toca volver a sembrar para que pueda dar fruto de nuevo.

"¿Y ahora qué?". No paro de darle vueltas a la pregunta mientras vuelvo, mientras volvemos cada cual a nuestros casas, a nuestros barrios, a nuestros pueblos. Quizás esa sea la clave, mantener la pregunta abierta mientras nos sumergimos en nuestros espacios cotidianos, buscar en ellos cómo seguir manteniendo vivo este llamamiento al encuentro y la dignidad como claves del cuidado de la salud. Y me acuerdo de alguien a quien muchos y muchas hemos tenido bien presente hoy, nuestro querido Juan Luis, y de cómo sostuvo siempre su lucha tanto en la consulta y las calles de Vallecas como en el espacio público. 

"¿Y ahora qué?", me imagino que se preguntaban  aquellos profesionales, entre quienes estaba Juan Luis, que pusieron en marcha el Centro de Salud Vicente Soldevilla en los años 90. Trataron de buscar respuestas en equipo, pero no se conformaron con ellas, sino que salieron a la calle, a las casas, abiertos al diálogo y el encuentro con la realidad del barrio de San Diego. Descubrieron así que la mayor necesidad del vecindario no era que la tomaran la tensión, sino apoyo concreto en su lucha por una vivienda digna. Porque las difíciles condiciones en las que vivían les enfermaban, y mucho. Y la unión vecinal y profesional en un combate común por los derechos era el elemento clave para ganar salud. Gracias a esta escucha y este compromiso compartido se consiguieron muchas cosas. Pero sobre todo se logró abrir una línea de trabajo que se fue abriendo poco a poco en torno a la cuestión de los cuidados y que nos ha marcado, y mucho, tanto a profesionales como vecinos que hemos tenido la suerte de poder participar en algún momento en ella.

"¿Y ahora qué?", me vuelvo a preguntar mientras pienso en lo separados que estamos en el día a día, atrapado cada cual en su espacio y su tarea, tanto a nivel social como en el ámbito sanitario. De hecho me da cierto reparo escuchar cómo se plantea el problema actual como una cuestión centradas en "los sanitarios", que es a quien hay que apoyar, aplaudir y proteger del maltrato que estamos recibiendo. Pero es que además, dentro del mundo sanitario se remarcan constantemente los diferentes intereses de los distintos perfiles profesionales, de manera que hace imposible, por ejemplo, llegar a un acuerdo sobre una huelga conjunta de Atención Primaria. Parece solo es posible reclamar cada cual por su lado sobre sus propias necesidades. Si esto es así, ¿cómo hacer para sostener una movimiento conjunto y a largo plazo que reúna intereses tanto de profesionales como de la ciudadanía? ¿No estamos siendo todos y todas maltratadas por este abandono de la sanidad pública? ¿No necesitamos todas y todos apoyarnos mutuamente frente a este maltrato?

"¿Y ahora qué?"

"¿Y ahora qué?"

"¿Y ahora qué?"

Ranciere, un filósofo francés, señala que los movimientos colectivos que han conseguido transformar la realidad de una u otra manera han sido aquellos que han construido un nombre propio, un nombre común, un nombre con el que señalaban algo que no había sido nombrado hasta entonces y que permitía incluir aquellas realidades y personas que hasta el momento quedaban fuera (por poner un ejemplo cercano, esto fue lo que ocurrió con "el 15-M" o "los indignados"). Quizás eso sea lo que necesitemos ahora. Ir más allá de los perfiles profesionales tan claramente nombrados y delimitados, más allá también de los nombres genéricos con los que agrupamos a "la gente" o "el vecindario". Buscar las maneras de ir al encuentro del otro, de la otra, igual que se hizo en el barrio de San Diego en los 90, encontrar el punto de vinculación y de construcción colectiva desde lo cercano y concreto y desde ahí apuntar a un horizonte transformador más amplio.

En ciertos momentos ya estamos buscándonos... se trata de seguir tirando de esos hilos que de repente nos permiten mirarnos y reconocernos, para a partir de ahí provocar nuevos encuentros, en los que la voz del profesional se entrelace con la de la persona expulsada del sistema sanitario, con la de quien se ve sobrepasado por el sufrimiento y con quien se dedica casi todo su tiempo a tareas de cuidado. Nuevos diálogos que nos permitan definir en común lo qué nos preocupa, cómo queremos nombrarnos en relación a ello y qué podemos y queremos hacer para transformarlo. 

¿Qué esto queda muy etéreo, muy en el aire? Todo es ponerse... abrir la puerta, levantar la mirada, una charla con café o en una pequeña reunión... yo traigo esto, a mí me preocupa esto otro, dime a ti qué te ilusiona... Y así, de manera constante, hacernos la pregunta:

"¿Y ahora qué?¿Cuál es el plan?"

Poco a poco, iremos resolviéndola mientras nos convertimos en compañeros y compañeras de camino.


7 nov 2022

La Atención Primaria no es cualquier cosa

En estos tiempos de desmontaje de la Sanidad Pública, en los que los ataques actuales se suman a los ya recibidos desde hace años, se señala de manera recurrente a la Atención Primaria como uno de los elementos clave a defender. Pero parece que se da por hecho que todo el mundo sabe qué es la Atención Primaria en Salud (APS) y que está dispuesto a defenderla a capa y espada. Pero, ¿realmente es así? Quizás no viene mal recordar algunas cosas...

La Atención Primaria, si funciona, es la "tecnología" que da mejores resultados en salud.

Desde hace tiempo la APS viene acumulando evidencias que confirman la afirmación de la OMS que dice que "es el enfoque más inclusivo, equitativo, costoeficaz y efectivo para mejorar la salud física y mental de las personas, así como su bienestar social". Sin embargo, a nivel político y social continúa la fascinación por los hospitales, la hiperespecialización y la tecnología, ahora multiplicada a la enésima flipada por las nuevas herramientas de comunicación que prometen acortar algunas distancias mientras que aumentan otras (el tocar se va a acabar, y mira que es uno de los elementos clave de la medicina, tanto para la exploración como para el acompañamiento de los sufrimientos y alegrías cotidianas). Da igual que se acumulen los datos que señalan que la estabilidad de la relación médico-paciente a largo plazo por si misma reduce en gran medida el riesgo de enfermar (un estudio reciente señala que si la continuidad se mantiene durante más de 15 años, la probabilidad de acudir a urgencias, ingresar y morir cae entre un 25% y un 30%. Ya les gustaría a las farmacéuticas encontrar medicamentos con esa efectividad); o que la accesibilidad puede reducir hospitalizaciones evitables; o que la visión generalista que caracteriza a la APS contribuye a reducir los costes sanitarios. Da igual. La fascinación por lo nuevo ciega e impide poner en su sitio y desarrollar las claves de la Atención Primaria que podrían mejorar (¡y mucho!) la salud de todas y todos. 

La Atención Primaria, para funcionar, debe construirse en torno a lo que la hace fuerte y efectiva

Muchas veces se confunde la APS con la atención extrahospitalaria, como si toda actuación sanitaria más allá de las puertas del hospital fuera Atención Primaria, sin más. Y ahí viene gran parte de la confusión y el desenfoque sobre qué es y qué no es la APS. En  realidad, sus características clave fueron definidas hace ya tiempo: accesibilidad, continuidad o longitudinalidad, atención integral o polivalencia y papel de coordinación. Pero es importante recordar tres cosas en torno a ellas: 1) que estas características no son elementos independientes, sino que precisamente su interconexión es la que da potencia de acción a la APS; 2) que deben entenderse como claves tanto de la atención individual como comunitaria; 3)  que no pueden depender del compromiso o voluntarismo personal, sino que deben ser sostenidos en equipo y respaldados por la institución.


El punto de arranque del ciclo de la APS es la accesibilidad, de manera que los problemas de salud de cualquier persona de la comunidad puedan ser atendidos por el profesional adecuado en el momento y lugar oportuno. Este contacto debe poder repetirse a lo largo del tiempo siempre que sea necesario, lo que llamamos continuidad o longitudinalidad, de manera que se pueda ir desarrollando una confianza y un conocimiento mutuo que permita un acompañamiento personal en las diferentes etapas de la vida, así como en el ámbito comunitario a través de las distintas transformaciones se vayan dando en el mismo. Este conocimiento que se va generando con personas y comunidades a largo plazo, así como el hecho de promover un acceso adecuado y sin exclusiones a las diferentes realidades existentes, junto con la existencia de un equipo multidisciplinar de profesionales que aportan diferentes saberes y capacidades, son elementos clave para poder ofrecer una mirada amplia sobre la salud y una atención integral que pueda resolver y acompañar los principales problemas de salud y enfermedad. 

Cuando este ciclo funciona, el equipo de Atención Primaria se convierte en referente de salud de las personas y comunidades con las que trabaja, y desde ese lugar puede coordinar su trabajo, tanto con especialistas focales dentro del ámbito sanitario (ejerciendo aquí un papel clave al tener una visión más general que puede ayudar a integrar propuestas de manera adaptada a la persona) como con otros agentes comunitarios que trabajan en campos que juegan un papel importante en relación a la salud (Ayuntamiento, redes vecinales, educación, trabajo social, etc.).

La Atención Primaria, si no funciona, no pueda ser sustituida en su papel de cuidado de la salud con una visión global

Cuando la APS es capaz de trabajar con estas claves, es capaz de abordar no solo el tratamiento de las enfermedades, sino también su prevención y avanzar en una dinámica de promoción de la salud que permita que vecinos y vecinas sean cada vez más capaces de controlar su salud y desarrollar dinámicas de cuidado en torno a ella. Además, el enraizamiento del equipo de APS en la realidad del barrio o pueblo ayudará a desarrollar estas acciones de manera eficaz, desarrollando estrategias de participación y con una perspectiva de equidad




Para que la Atención Primaria funcione no valen remedios parciales que muchas veces son peores que la enfermedad

Todo esto no suena mal, ¿verdad? Más bien el contrario... Sin embargo, en la práctica cotidiana la APS sigue abandonada en un rincón de nuestros sistemas sanitarios, sin recibir ni el reconocimiento ni los medios suficientes para poder jugar el papel que le corresponde. Incluso encontramos que muchas veces (¿la mayoría?), con la excusa de tratar de arreglar alguno de los problemas crónicos que arrastra se terminan poniendo en marcha propuestas que lo que hacen es alejar aún más a la Atención Primaria de las claves que la hacen fuerte. De esta manera, el modelo cada vez aparece más desvirtuado, su potencia de cuidado de la salud es cada vez menor y también disminuye la motivación tanto de profesionales como de vecinos y vecinas para defenderla. 

Y cada vez nos hacemos más lío... Y cada vez nos hacen más lío...

Así, confundimos la accesibilidad, que es atender en un plazo y forma adecuada, con la inmediatez, que es dar una respuesta aquí y ahora a cualquier problema, sin importar que te la de alguien que no te conoce a ti ni tus condiciones de vida, a quien quizás no vuelvas a ver y que no podrá hacer un seguimiento de lo que te ocurre, alguien cuya principal referencia, perdido el contacto con la realidad concreta, serán los protocolos y guías dictadas desde otros ámbitos. Vamos, que confundimos y mezclamos Atención Primaria con Atención de Urgencias, desvirtuando ambas. Buen ejemplo de esa apuesta híbrida son las "agendas no demorables" que desde muchas gerencias se quieren implantar en los centros de salud, con las que en vez de buscar medios para que te vea tu profesional de referencia se crea una consulta atendida cada vez por una persona diferente para todo lo que "no puede esperar" pero tampoco es "urgente". ¡Adiós continuidad!

Pero ojalá fuera este el gran problema para asegurar la longitudinalidad y el acompañamiento a largo plazo... El gran obstáculo con el que este valor choca de frente es la dinámica cada vez más acelerada de precarización, tanto en el ámbito laboral como en las relaciones y vínculos. Cuando se contrata se hace deprisa y corriendo para "tapar huecos" en función de las "necesidades del servicio", con contratos que permiten usar y tirar profesionales cuando ya se considera que no hacen falta donde estaban, para así poder moverlos hacia otros lados. Para qué tomar en cuenta la importancia de la estabilidad, del desarrollo de relaciones a largo plazo, del vínculo con el espacio en el que se trabaja y con las personas que acuden a él, pese a ser clave para la salud tanto de profesionales como de la ciudadanía. Que más da que se pierda todo el conocimiento que se genera en procesos de acompañamiento a largo plazo y que ayuda a dar una respuesta integral a los problemas. Quizás mejor así, pensarán algunos, porque al conocer peor y estar menos vinculados con el territorio es más fácil cerrar la puerta y limitar el acceso a los servicios (esa es una de las formas de gestión de la demanda de atención sanitaria: poner barreras al acceso para disminuir la sobrecarga de trabajo). Además, este baile sin fin de profesionales dificulta también la construcción de equipo, lo que junto con la sensación de sobrecarga más allá de las responsabilidades de cada estamento termina favoreciendo agrupaciones y reclamaciones en torno a cada uno de los perfiles profesionales en vez de un punto de encuentro alrededor de un modelo de asistencia común. 

Y en este enredo en el que limitamos el acceso a algunas personas mientras damos atención inmediata pero sin continuidad ni vinculación a otras, en el que la confianza que se genera a través de la relación a largo plazo es sustituida por el abandono en manos de la técnica y la farmacología, la Atención Primaria deja de ser realmente Atención Primaria y pierde su papel como referente en la coordinación con otros profesionales y espacios. Porque si las condiciones en las que se desarrolla no permiten desarrollar una visión general y comunitaria de la salud, ni un trabajo en equipo multidisciplinar, si su referencia básica es más la técnica que las personas, el hospital con sus diferentes especialidades se convierte en el horizonte central y los centros de salud serán meros filtros hacia este. Pero entonces, ¿quién aportará los elementos clave para el cuidado de la salud que corresponden a la APS y que quedan fuera de este juego?

Es necesario, ante cada propuesta u ocurrencia que se lance para "salvar a la Primaria", revisar si la línea que marca de verdad refuerza o ataca sus valores básicos. Que nos nos vendan la moto... y sigamos buscando la manera de poder hacer camino común.



5 oct 2022

Fuera de mi

 Algunas ideas y ecos entresacados de la lectura de "La expulsión de lo distinto", de Byung-Chul Han, que me parecen muy sugerentes para enfrentar diferentes crisis en torno a la salud mental en el momento actual.  

Cada vez más, el ego se sitúa en el lugar central de nuestra experiencia vital. Un lugar central desde el que se expulsa lo distinto y se niega la distancia necesaria para reconocer y encontrarse con el otro. La inmediatez y la transparencia del mundo virtual y sus conexiones impiden generar la distancia que permite ver a la otra persona, a la que es diferente, enfrente nuestra. Todo es igual, todo es yo, todo es lo mismo... Y a la vez se derrumba la autoestima, aumentan las autolesiones. ¿Cómo es posible? Va a resultar que necesito la mirada de la otra persona, su reconocimiento, su aprecio para poder así apreciarme. Sin esa mirada que confirma ¿quién es capaz de sostenerse? ¿quién puede respirar sin amor? ¿y si el daño a una misma fuera una llamada de auxilio pidiendo ser amada?

Yo en el centro. Yo y nadie más. Y al mismo tiempo, yo exigiéndome cada vez más, reclamándome producir y crear sin límites para así sentir que crezco dentro de este mundo competitivo que me dice que valgo lo que soy capaz de generar. Pero sí que hay límites. Mi cuerpo me los señala, me los recuerda. Mi cuerpo se convierte así en un obstáculo,  en algo fuera de mi, en un extraño con el que lucho, al que vencer...

Yo queriendo dominarme a mi mismo. Yo enfrentando mi miedo, mi sufrimiento, enfrascado en un combate terapéutico individual que olvida que tu sufrimiento y el mío se relacionan, convirtiendo en privado algo que en realidad es social y político. 

***

Desde la consulta, al otro lado de la mesa, tenemos que decidir donde poner la mirada, la escucha y la palabra. ¿En ese yo herido? ¿En un nosotrxs que no sabemos muy bien cual es? Quizás el único camino con sentido sea el de acompañar la construcción de ese espacio, de esa distancia que permite mirarse frente a frente, desde las diferencias que nos salvan, e identificar lo compartido como clave para continuar.





31 ene 2022

Hacer en común (Levantando la mirada VI)

Hacer juntas puede significar muchas cosas. Puede ser que hablemos de actuar al mismo tiempo, o de estar cerca mientras resolvemos tareas varias, o de reunirnos alrededor de una misma acción decidida y definida por una o por todas las personas participantes. Y es que a esto de "hacer juntas" le pasa como al término "participación", que se ha usado y abusado tanto de él que puede significar cosas muy diferentes y es necesario aclarar bien de qué estamos hablando cuando lo utilizamos. 

Esto pasa mucho en el campo de la salud comunitaria. Son muchas las actividades que realizamos bajo este titular, de muy distinto tipo, pero no son todas iguales. Prácticamente todas tienen en común el llamamiento a la participación de vecinas y vecinos, pero se concreta de diferentes maneras: mientras algunas invitan a situarse como alumnado al que se va a instruir en el cuidado de su salud, otras proporcionan herramientas que buscan recoger y visibilizar opiniones, experiencias y saberes "legos". En este sentido, debemos profundizar sobre el papel que jugamos quienes somos profesionales (sanitarios, educativos, de intervención social, etc.) y las relaciones de poder ejercidas desde el rol que jugamos. Hemos podido aprender mucho sobre esto desde que comenzó la pandemia en 2020, especialmente en los primeros meses, debido al repliegue institucional que se acompañó de un despliegue vecinal para hacer frente a situaciones de gran precariedad en muchos territorios. Es importante aprender de esta capacidad de acción ciudadana en un momento en el que la acción comunitaria profesional se veía tan limitada por el contexto de confinamiento y desborde, y su análisis nos puede ayudar a repensar el rol profesional en estos procesos, como se hizo en los primeros meses de pandemia dentro del Observatorio de Salud Comunitaria y COVID-19

Revisar estas cuestiones nos puede ayudar a entender las condiciones para hacer en común o, utilizando un término que considero más clarificador, para co-producir. ¿Qué es la co-producción? Una colaboración horizontal entre diferentes personas/grupos (académicas/legas, profesionales/vecinas, etc.) que desafía las jerarquías de producción de conocimiento existentes, garantiza asociaciones más igualitarias y la toma de decisiones compartida, hace hincapié en la reciprocidad, promueve el fortalecimiento de la capacidad mutua, garantiza una mayor reflexividad y permite formas flexibles de interactuar y trabajar a lo largo del proceso de investigación o acción. 

Casi nada, ¿verdad? Pero bueno, más que algo a cumplir a rajatabla, esta definición señala una búsqueda, identificando algunos principios-clave en relación a la co-producción y señalando la cuestión más específica de este enfoque: la voluntad de abordar las jerarquías desiguales de poder en cada uno de las etapas del proceso. Es decir, no solo busca el objetivo final de incrementar la equidad, sino que trata de establecer condiciones que la favorezcan a lo largo de todo el trabajo conjunto. 

    Adaptado de https://odihpn.org/blog/co-production-an-opportunity-to-rethink-research-partnerships/

    Un proceso como este solo puede darse si partimos de la base (y generamos las oportunidades para confirmarlo a lo largo del proceso) de que todas y todos tenemos algo esencial que aportar y que aprender en una dinámica de este tipo. Establecer las condiciones que permitan a las diferentes partes asumir un rol protagonista y responsabilizarse de enriquecer el proceso desde su experiencia y saberes acumulados puede promover un empoderamiento mutuo, en la que cada parte ayuda a la otra a aprender y mejorar en algún aspecto. En este sentido, hay que entender "empoderamiento" de manera amplia, como refuerzo de las capacidades para actuar gracias al reconocimiento de estas y la posibilidad de trabajar junto con otros para enfocarlas de la manera más adaptada enriquecer así el proceso común.

    En una dinámica de este tipo es fundamental dar tiempo para que se puedan ir generando las condiciones que permitirán el trabajo de co-producción. En muchas ocasiones nos puede la prisa y enseguida juntamos a todo el mundo, sin respetar los pasos y fases que cada participante y cada grupo deben dar para poder aportar de manera autónoma y libre. Sobre todo hay dos momento esenciales que es importante que vivan todas las personas participantes (también las profesionales o académicas, no solo las vecinas): 1) la toma de conciencia de la carencia, de la dificultad que se tiene personalmente para enfrentar una realidad / cuestión / situación, y de la necesidad de otras visiones / experiencias / saberes para poder hacerlo; 2) el encuentro con otras personas a las que se reconoce como pares o miembros del mismo colectivo, de manera que dentro de este grupo se pueda ir construyendo una visión y análisis compartido sobre la cuestión.

    Este doble movimiento de reconocimiento de la limitación individual y de construcción de una voz colectiva en grupos de pares es fundamental para poder ir más allá de los personalismos, enfrentar las desigualdades de poder existentes entre las diferentes realidades presentes y profundizar en un trabajo colectivo que dé frutos, que co-produzca en función de lo que se acuerde como útil para los diferentes perfiles participantes. Un buen ejemplo para entender mejor esta dinámica es el Cruce de Saberes y Prácticas desarrollado por ATD Cuarto Mundo para incorporar a personas con experiencia de pobreza como agentes co-investigadores y co-formadores junto a profesionales y académicos. 
    Todo esto, en lo que a priori podemos estar de acuerdo, supone renunciar a ciertas seguridades de las que quizás no somos muy conscientes. Si nos volvemos a situar en el lugar de profesionales sanitarios que quieren promover la salud comunitaria, implica ser capaces de ir dejando el timón con el que marcamos (frecuentemente empujados a ello por los protocolos y carteras de servicios que nos vienen dados) el "hacia donde" queremos dirigir la acción comunitaria, abriéndonos a crear nuevos mapas que nos permitan movernos hacia un horizonte en construcción junto con el resto de agentes comunitarios del territorio en el que nos movemos.

    Los tiempos de crisis permiten identificar las cuestiones centrales del momento, de la época. En este sentido, la pandemia nos ha señalado de manera clara la gran cantidad de cuestiones no resueltas en el ámbito de los derechos y de los cuidados, así como la íntima relación que hay entre ellos. El cumplimiento/incumplimiento de derechos básicos como la atención sanitaria, la educación, la vivienda, los ingresos, tiene un gran impacto en salud. Y lo mismo ocurre con la dimensión de los cuidados, tanto de personas mayores como menores, así como en el ámbito del autocuidado individual y comunitario frente a situaciones de grave stress, como nos muestra el deterioro a nivel de salud mental en los últimos años. 

    ¿Cómo apoyar entonces las dinámicas de acción comunitaria? Es fundamental aterrizar la mirada y las manos en los procesos que se van generando. El horizonte es solo eso, un indicador de hacia donde queremos movernos, pero es en el camino donde se van potenciando vínculos y generando capacidades de acción colectiva y transformación, que es finalmente el sentido de estos procesos. Permitámonos el tiempo suficiente, vivámoslo con suficiente flexibilidad, toleremos la incertidumbre. Las urgencias, que aparecerán, habrá que enfrentarlas, pero no nos dejemos atrapar por ellas. Hagamos camino. Hagámonos en camino. Al andar. 

    14 ene 2022

    Gente haciendo cosas (Levantando la mirada V)

    Hay libros que te atrapan y no te sueltan hasta el final. Y hay otros, por el contrario, que te asaltan desde la portada y cuyo planteamiento ya te conecta con ciertas claves. Eso me ha pasado con el último de P. Virno "Sobre la impotencia". Así que no sé lo que da de sí el libro, pero (me/nos) reconozco en esta presentación:

    "Las formas de vida contemporáneas están marcadas por la impotencia. Sea que esté en juego un amor sin igual o la lucha contra el trabajo precario, una parálisis frenética aprisiona la acción y el discurso. No se logra hacer aquello que conviene y se desea, y al mismo tiempo no somos capaces de sufrir de manera apropiada los golpes a los que estamos sometidos. Pero allí donde parece haber una falta, (en realidad hay) un exceso de competencias y habilidades. Saboreamos la potencia, pero no la podemos volver acto; situación que genera todo un catálogo de pasiones tristes: arrogancia manchada de abatimiento, timidez descarada, alegría por los naufragios, resignación beligerante, solidaridad refunfuñante."

    Hacer cosas, hacemos. Y muchas. Demasiadas. Un ejemplo muy claro es el desbordamiento que se está viviendo actualmente en la Atención Primaria en Salud. Pero esas muchas (demasiadas) cosas no sentimos que respondan a lo que queremos hacer, a aquello para lo que nos hemos formado. No poder hacer "lo nuestro", atrapados en la burocracia como estamos, nos frustra, nos cabrea, nos agota. Y por eso recurrimos al mantra de "dejar de hacer para poder hacer".

    Pero también hay otra gente haciendo cosas. Sin ir más lejos, en el centro de salud en el que trabajo algunas personas colgaron hace más de una semana carteles de agradecimiento y ánimo en diferentes puntos. No sé si estos mensajes son de personas que se han preparado y formado para ello, ni si con ellos esperaban grandes, pequeños o nulos cambios. Sé que llevan muchos días puestos sin que muchas los hayamos visto hasta que otras compañeras nos lo señalaron (es lo que tiene andar corriendo todo el día como pollos sin cabeza). Y también sé que al verlos no puedo evitar emocionarme y reconectar con lo que me hace estar ahí, pese a todo, tratando de mantener abierta la puerta de la consulta. 

    Hacemos cosas. Todas hacemos cosas. Pero algunas sentimos que dan fruto y otras no. Y frente a la apisonadora que parece pasarnos por encima, frente a tanto malestar y sufrimiento que vemos alrededor, queremos hacer algo diferente, algo que cambie de verdad las cosas, algo que rompa con lo que nos duele tanto. Pero no sabemos qué puede ser. ¿No hay nada que hacer en este sentido? Ese parece el sentir mayoritario.

    Uno de los referentes clásicos del activismo social, Saul Alinski, señalaba algunas claves que me parecen importantes. En su libro "Tratado para radicales" comenta algunas experiencias que muestran que la acción transformadora debe ir generándose de manera progresiva. No empezar tratando de abordar grandes objetivos, sino viendo qué es posible hacer con las fuerzas que se tienen, qué logros se pueden conseguir para mostrarnos que somos capaces, la potencia que tenemos, y que al mismo tiempo sirvan para ir desarrollando lazos, vínculos, red a partir de la acción compartida. Por eso hablaba también de que la táctica debía permitir disfrutar a la gente, de manera que la acción a desarrollar fuera reproducida por el mero gusto de hacerla. 

    ¿No tendrá esto algo que ver con el manoseado "empoderamiento" del que tanto se habla sin concretar muy bien lo que es? En un texto que merece la pena revisar, Nina Wallerstein señalaba que el empoderamiento se mueve a diferentes niveles, y que es clave pasar del individual al comunitario, entendiendo al mismo tiempo las interconexiones que hay entre ambos. De esta manera, el empoderamiento comunitario incluye alcanzar un nivel elevado de empoderamiento psicológico entre los miembros de la comunidad (construida también gracias a esta relación, no como algo preexistente). Pero además se añade un componente de acción política desarrollada por la participación activa del grupo, que a su vez debe llevar a conseguir cierta redistribución de recursos o al desarrollo de la capacidad de decidir por parte de la comunidad o grupo en cuestión.

    Esta relación entre el empoderamiento individual y el comunitario, así como el proceso a lo largo del cual se da, lo recoge Christopher Rissel en la siguiente figura: 



    Y es a lo largo de este proceso cuando comienza el baile en torno a la cuestión del poder, un baile en el que este se da y se toma al mismo tiempo. El empoderamiento no se realiza desde quienes tienen más recursos/capacidades/conocimientos a quienes no los tienen (como por ejemplo profesionales que quieren "empoderar" al vecindario, aunque sí que pueden ayudar a desarrollar condiciones que faciliten este baile empoderante), pero sí que se relaciona con este eje vertical "arriba/abajo" en el que se representa el poder de quienes tienen mayor estatus sobre quienes tienen menos (el llamado poder-sobre, con diferentes formatos recogidos en la anterior entrada), ya que la organización comunitaria aporta capacidad de resistencia y transformación de las dinámicas que lo sostienen. 

    Esta organización comunitaria se construye a su vez a través de un eje horizontal de refuerzo de los lazos comunitarios y la capacidad social protectora. Se van construyendo así, mano a mano, corazón con corazón, otros tipos de poder:
    • Poder-interno, constituido por las capacidades de la propia comunidad, incluyendo el  reconocimiento de valores e intereses compartidos.
    • Poder-con, desarrollado cuando la comunidad actúa con otros agentes o comunidades para alcanzar objetivos concretos.
    • Poder-para, que proviene de la asociación de las capacidades colectivas puestas en juego a través de la acción comunitaria, de manera que permiten desarrollar estructuras y oportunidades que aumentan el control sobre lo que están viviendo.
    Hacemos cosas. Todas hacemos cosas. Pero algunas nos conectan con personas y grupos, mientras que otras nos aíslan. Y en el contexto actual abundan estas últimas. No ya solo por la pandemia de distancia y confinamiento de las relaciones sociales, sino también por la parálisis frenética a la que nos lleva el activismo desbordante, sin vínculos con el territorio ni con las personas que lo habitan. Hacemos mucho, demasiado, pero podemos poco, prácticamente nada, si hacemos en soledad. Desde ahí que nuestra capacidad de transformación sea muy limitada.

    Hacer en común. Actuar con otras personas y grupos. Descubrir el poder que podemos desarrollar entre nosotras, con otros, para transformar y poder decidir juntas sobre lo que realmente nos importa. Ese es el reto.

    Vayamos dando pasos. El primero, en muchos sitios, es encontrarnos, descubrir donde estamos, empezar a hablar y escucharnos. En mi centro de salud algunas vecinas nos han dejado mensajes, nos han dicho "aquí estamos". Gracias. Sabiéndolo, dejo la puerta de la consulta abierta. 







    27 dic 2021

    Pulsaciones del poder (Levantando la mirada IV)

    Anda circulando por redes un pequeño vídeo que recoge con bastante tino la sensación de descontrol y huida hacia adelante que vivimos ahora mismo en nuestro entorno, en medio de una sexta ola de covid-19 con contagios explosivos en unos días tan marcados como son las navidades.



    Cuando lo vi, enseguida me reconocí en esta dinámica, en modo "sálvese quien pueda" mientras me bombardean las noticias de positivos y contactos por todos lados. Pero, al mismo tiempo, sé que esta, como las demás olas, pasará, y en principio apunta a que será más corta y con menores casos graves que otras previas. Quien sabe si puede que sea el paso a una fase endémica de la covid-19, estableciéndose ya por fin como un catarro más frente al que nuestro sistema inmune tiene recursos para defenderse. Ojalá.

    Al mismo tiempo, cada nueva ola viene acompañada de llamamientos varios a la ciudadanía, pero siempre en el mismo sentido. En vez de plantear medidas públicas ambiciosas y asegurar los medios y recursos sanitarios necesarios, el foco desde el principio se ha puesto en la responsabilidad ciudadana a la pandemia: mascarilla, autoconfinamientos, limitación de la vida social, etc. En torno a estas cuestiones ha girado principalmente el debate sobre las medidas a tomar, mientras que sobre otros campos (refuerzo de la Atención Primaria, equipos de rastreo, medidas para facilitar la conciliación en caso de cuarentena, etc.) se vuelven a lanzar los mantras habituales sobre lo importante que son pero sin una apuesta efectiva en ellos.

    De este modo, a la sensación de impotencia y falta de control que hemos experimentado en muchas ocasiones durante la pandemia se suma el bombardeo de mensajes que nos recuerdan día tras día lo peligrosos que podemos ser para otras personas, y lo peligrosas que estas pueden ser para nosotros. Llueve así sobre mojado. Llueve impotencia y frustración pero también angustia y soledad.

    Este enfoque se identifica con un modelo que se maneja en el ámbito de la seguridad humana, el Safety I, que pone el foco en que se produzcan el menor número de accidentes o eventos adversos posibles, tratando de prevenir, fundamentalmente, la debilidad del “factor humano”. Así hemos ido recibiendo indicaciones a lo largo de estos meses de pandemia con el mismo run-run de fondo: no hagas, no pienses, obedece para no equivocarte ni arrastras a otros con tu error. Sin embargo, desde hace años se plantea como alternativa a este modelo otro conocido como Safety II, más centrado en garantizar que salga bien todo lo que sea posible, apoyándose para ello en las capacidades de adaptación del "factor humano": las personas son la solución. En esta línea hemos podido ver los ejemplos de ciudadanía movilizada para buscar soluciones, aportando soluciones y respuestas especialmente en los espacios a los que las instituciones no han llegado (que han aumentado en el contexto de pandemia).

    Sin embargo, no ha habido una apuesta efectiva para reforzar esta última línea, por más que desde diversos ámbitos se haya reivindicado como una dimensión esencial para el abordaje de la pandemia. De hecho, hemos podido ver como muchas de las iniciativas vecinales terminaban agotándose al no contar más que con sus propias fuerzas, entre la indiferencia y las barreras a su labor por parte de las administraciones. Muchas veces desde ámbitos profesionales se habla de el empoderamiento de la ciudadanía como un objetivo a lograr. Pero luego, cuando la realidad empuja a la gente a auto-organizarse, cuesta encontrar manera de sumar fuerzas y apoyo mutuo. Parece que desde las instituciones las prácticas comunitarias encajan cuando se mueven en el marco prefijado desde la administración, e incluso se aprovecha para delegar en ellas gestiones de las que se libera el ámbito profesional. Pero cuando desde estos espacios vecinales se cuestiona o reclama, como ha pasado en muchos lugares en los que se ha denunciado la inacción y la falta de accesibilidad de muchas instituciones a lo largo de estos dos años, es otro gallo el que canta. 



    Y entonces, en vez de empoderar, desempoderamos. Muchas veces sin ser muy conscientes de ello, porque no nos paramos a pensar en los mecanismos y dinámicas que generan desempoderamiento. Sin embargo, es algo mucho más cotidiano de lo que nos pensamos. No hay más que preguntar a quienes viven en situación más precaria, que sufren estas prácticas continuamente (de hecho, la experiencia de pobreza y precariedad tiene algo en común con el vídeo del principio, con esa carrera constante, sin final, esquivando bombas y trampas que terminan agotando los esfuerzos de quien tiene siempre que huir o esconderse).

    Las prácticas de desempoderamiento comienzan con la limitación del acceso, que conlleva también una limitación del reconocimiento: lo que no se ve no existe, no vale, no se toma en cuenta. Por eso, muchas veces, quienes viven empujados a los márgenes demandan que se les vea, poder hablar cara a cara, intentar ser reconocidos como personas en su contexto y realidad. Limitar eso, distanciarles, es una manera de encerrarles en su vulnerabilidad. 

    Al mismo tiempo, es fundamental entender la desigualdad de poder existente entre las personas en situación precaria y los profesionales, lo que da a estos últimos la posibilidad de ejercer diferentes facetas del poder que tienen sobre las primeras:
    • Poder "obligatorio", que es un poder directo y visible, que se ejerce de manera evidente al tener quien esta por encima capacidad de dar órdenes que serán obedecidas por quien está por debajo. 
    • Poder "institucional", menos visible, y que se muestra a través de reglas organizacionales, protocolos y normas (de esto hemos vivido mucho a lo largo de estos meses de pandemia).
    • Poder "estructural", invisible, ejercido a través de leyes, el mercado de trabajo y la educación, de manera que crea y mantiene estructuras jerárquicas de clase social, género, etc. De alguna manera es el que sitúa a cada cual en "su" lugar social, haciendo por ejemplo que el saber académico sea más valorado que el conocimiento experiencial. 
    • Poder "productivo", a través de discursos y prácticas sociales, legitimando y deslegitimando, de manera que el reconocimiento suele tener que ver sobre todo con el posicionamiento en relación a los consensos sociales.
    Un ejemplo concreto de cómo se articulan estas diferentes dimensiones del poder en la práctica clínica podría ser cómo la formación sanitaria "produce" profesionales entrenados para la "asistencia", lo que les sitúa en un papel de ayudadores desde el que es fácil situarse en un lugar más elevado que el de la persona asistida, promoviendo además la obligatoriedad de "tener que dar una respuesta", de resolver la situación desde ese rol. Si a esto le unimos el status y reconocimiento social de las profesiones sanitarias, junto con la capacidad de prescribir o recetar desde medicamentos a estilos de vida y comportamientos, ya tenemos un buen entramado del que tenemos que tomar conciencia si queremos frenar estas dinámicas de desempoderamiento constantemente en marcha. 

    Este es el primer paso para poder construir en clave comunitaria: dejar de hacer para dejar a otrxs hacer. Es a partir de ahí donde podemos encontrar un camino común para avanzar después de lo mucho que parecemos haber retrocedido en estos últimos meses. 



     

    14 oct 2021

    Determinantes, Desigualdades, Violencias (Levantando la mirada III)

    "La pandemia nos afecta a todos por igual" fue uno de los primeros tópicos en desmontarse al ir conociendo datos de cómo la COVID-19 afectaba, al igual que muchas otras enfermedades, más y de forma más agresiva a quienes viven en mayor precariedad, mientras que las grandes fortunas se hacían aún mayores y los mecanismos de toma de decisiones se centralizaban en el contexto de emergencia, restando capacidad de acción local.

    De repente, aspectos como la vivienda, el trabajo, los cuidados y las relaciones sociales mostraban de manera clara su vinculación con la salud. Los determinantes sociales en salud (DSS) saltaban a primera plana, aunque no se traducían en políticas ambiciosas a la altura de la determinación con la que se implantaban medidas de distanciamiento. ¿Por qué esta parálisis de acción pese a constatar la importancia de estos factores?

    Quizás nos hace falta dar un paso más allá. Si no solo enumeramos los DSS como nuevas variables sino que estudiamos cómo se relacionan estos aspectos clave (vivienda, trabajo, ingresos, redes) entre ellos y con el sistema político y económico en el que vivimos, el cuadro resultante cambia bastante. Ya no limitaremos a medir la influencia de factores independientes, sino que podremos entender mejor el entretejido de las diferentes fuerzas y construcciones sociales que influyen en los procesos de salud y enfermedad, como propone el modelo de la Determinación Social de la Salud (cuya diferencia con el modelo de los DSS va mucho más allá del cambio de plural a singular). 

    Esto nos permitirá abordar no solo los efectos de los factores sociales, políticos y estructurales en la salud, sino también su origen y estructura, algo clave para no quedarnos en medidas paliativas de reducción de daños. Y esto nos enfrenta a dos cuestiones clave: la del poder y la de las desigualdades / inequidades, así como a su construcción histórica, socio-económica, política y cultural en cada contexto local.

    En este sentido es muy clarificador como Paul Farmer señala la cuestión de la violencia estructural como un aspecto invisibilizado que es clave incorporar a nuestros análisis: "no es posible tener un debate honesto sobre alcoholismo entre nativos americanos, o sobre adicción a drogas entre afroamericanos, sin abordar la historia de genocidio y esclavismo en Norteamérica. Este comentario suele ser visto como extraño en círculos médicos y de salud pública, en los que los debates sobre abuso de sustancias están desocializados, vistos como problemas personales y psicológicos en vez de sociales. Así, se perpetua la violencia estructural a través de la omisión analítica". ¿Nos atrevemos a incorporar este enfoque en nuestro entorno cuando atendemos a poblaciones históricamente violentadas, como el pueblo gitano o las comunidades migrantes? ¿Y con "nuevas" realidades emergentes, como las casas de juego en barrios populares o la soledad no deseada? ¿Cómo puede transformar este enfoque nuestra acción?

    Lo que está claro es que esto nos empuja a abrir el foco: ¿y si identificáramos las relaciones entre violaciones de derechos humanos con los procesos de salud / enfermedad? ¿Y si a partir de este análisis trabajáramos conjuntamente con otros agentes sociales y comunitarios para generar respuestas que pudieran cambiar realmente las condiciones estructurales? No es fácil, eso seguro, pero el impacto de estas cuestiones sobre la salud es tan brutal que... ¿no tendremos que ponernos de una vez a ello?


    8 oct 2021

    El nudo que nos atrapa (Levantando la mirada II)

    Andamos con la mirada baja, atrapada en el día a día, sin un horizonte claro. Atrapados. Entrampados. ¿Porqué? Razones hay muchas, seguro, pero a mi me resulta muy esclarecedor lo que señala Alessandro Baricco al final de su texto "Lo que estábamos buscando", señalando dos fuerzas opuestas y contrarias que generan un torbellino sordo en el que se sostiene el momento actual:

    "La primera fuerza. El virus no es democrático. El virus fortalece a los poderosos, acaba con los pobres. El virus no hace caer la bolsa de valores, sino que devasta la economía informal. En presencia del virus los ricos también mueren, por supuesto, pero los que viven mal son sobre todo los pobres. Decenas de millones de personas están sufriendo un retroceso que los deja en manos de la beneficencia. El poder político ha regresado al centro del terreno de juego en un resurgir ultrarrápido que lo ha apartado de una agonía irreversible. Toda una élite intelectual ha vuelto a ser escuchada en lugar de permanecer archivada. La ira social se ha visto desactivada, confinada, silenciada. Así, la Pandemia acaba por afilar las garras de un poder que estaba perdiendo a su presa. Contiene una energía que tiende a detener los tiempos, a restaurar aquello que había decaído.

    (...)

    La segunda fuerza. Al mismo tiempo, el cambio de fase de la Pandemia le quita, por así decirlo, un latido a las pulsaciones del poder. Durante un largo tiempo, suspende la secuencia lógica que hacía que cualquier mundo diferente a este pareciera imposible, produciendo una apnea en el sistema. Rompe la cadena de lo inevitable y, al incluir experiencias inéditas, les devuelve a los humanos la capacidad de pensar lo impensable: no como un juego de la fantasía, sino como una técnica de Construcción, como una forma de racionalidad. Esto debe entenderse literalmente, y leerse a un nivel muy práctico: en la posible caída de muchas de las columnas que sostenían el sistema, se asoma la hipótesis de que un colapso controlado, seguido de una reconstrucción con técnicas antes impensables, es la única manera de detener la degeneración crónica de la construcción de nuestro edificio-mundo."

    De repente se ha abierto un espacio, una pelea en marcha entre el viejo y el nuevo mundo, entre las certezas y la incertidumbre, entre lo establecido y lo imposible que, de repente, se ha mostrado real. Y en medio de este tira y afloja navegamos en círculos, sin encontrar la salida.

    Quizás haya que zambullirse de pleno en la marea generada por estas dos fuerzas para así descubrir cómo poder coger el timón. Y quizás, bueno, no, seguro que la acción comunitaria nos puede dar claves para ello... ¿Alguna experiencia en este sentido?



    16 sept 2021

    Levantando la mirada

    Pues sí, ya es un lugar común el que la pandemia ha revuelto y cambiado nuestras vidas, aunque sigamos todavía en gran medida sin ser conscientes de hasta qué punto o de qué manera, suspendidos como estamos en una incertidumbre que amenaza con perpetuarse sin fin. De hecho, con la vorágine del día a día, en este tiempo pocas veces me he parado para levantar la mirada del presente continuo que nos tiene atrapados para mirar hacia atrás o hacia adelante, más allá de lo inmediato.

    Pero desde hace unos días me tiene inquieto un libro, o más bien, el título de un libro que no me he leído aún, pero que desde su cabecera ha conseguido arrancarme la vista del suelo: "El futuro comienza ahora. De la pandemia a la utopía". Lo que plantea no parece tampoco un descubrimiento deslumbrante, sino un simple análisis desde la realidad actual dibujando tres posibles futuros posibles: 

    - que todo vaya a peor y que, con la crisis que tenemos ahora, se genere una sociedad aún más injusta, más insegura y mucho menos democrática.

    - cambiar para que todo quede igual, realizar pequeñas reformas pero mantener el modelo.

    - una alternativa civilizatoria que cambie hacia otro modelo de desarrollo, hacia otro modelo de consumo, hacia otra matriz energética, hacia otro tipo de economías plurales.

    ¿Podemos hacer algo para intentar ir hacia un lado u otro o están ya todas las cartas echadas? Ahí está la cuestión... Y ahí está la importancia de levantar la vista, de mirar hacia atrás para recuperar aprendizajes y saberes sobre cómo ser y hacer juntas, de mirar hacia adelante para encontrar un horizonte que nos ponga en camino. Porque cada vez desde más lugares nos tratan como meros espectadores sin más objetivo que el consumo inmediato del presente. Inmóviles. Estériles.

    Hoy levanto la mirada y me veo en la misma consulta de Atención Primaria en la que tanto aprendí al lado de un maestro y compañero del construir en común, Juan Luis Ruiz-Giménez. Pero ahora, en esta consulta a la que volví después de muchos años fuera de ella, empujado por la pandemia, veo como se va desmoronando de manera implacable un sistema de cuidado de la salud que buscaba no dejar a nadie fuera, pero que cada vez excluye y abandona más, al tiempo que machaca a quienes trabajan dentro de él. En el turno de tarde del centro de salud en el que trabajo ya faltan por cubrir la mitad de los puestos de medicina. Miles de personas sin médica de referencia. Como en tantos otros centros de salud a nuestro alrededor. "¡Hay que hacer algo!", se dice y se escucha, pero no encontramos la manera de ir más allá de los parches y las pataletas, los mensajes simples de "hace falta más" pero la falta de diálogo sobre cómo transformar y transformarnos ahora que el barco está haciendo aguas.

    ¿Todavía queda la esperanza para la Atención Primaria? De nosotras y nosotros depende. A primera vista, todo apunta a ir a peor. Para intentar evitarlo, andamos con prisas tratando de tapar los rotos, pero con eso poco haremos más que sostener una deriva que viene de largo. Es el momento de apostar por la alternativa comunitaria. No queda otra. Abrir las puertas, las ventanas, hablar y escuchar a quienes viven en los barrios en los que trabajamos, proponer y dejarnos cuestionar, reconocer nuestra vulnerabilidad para construir junto con la de otras personas que quieran apostar y apostarse en este hacer camino que no renuncie a un futuro mejor, más humano y en común.

    No será la primera vez, ni la última. Hay muchas experiencias y saberes que nos pueden servir de brújula. Mi intención es ir compartiendo algunas de ellas, construyendo un mapa, o una caja de herramientas, o una constelación de estrellas que acompañen el camino. Habrá que ir viendo qué es más útil. Pero ya es tiempo. Porque el futuro comienza ahora.







    21 ago 2020

    Aprendizajes de un maestro común, Juan Luis Ruiz-Giménez

    “Si quieres hace Medicina de Familia, tienes que irte a Vallecas, con Juan Luis Ruiz-Gimenez. No lo dudes”.

    No lo dudé. Edith, amiga de la facultad, era una de las personas en las que más confiaba a la hora de ver cómo enfocar la medicina. Así que no le di más vueltas y allá me fui, en busca de ese elegante señor. Una de las decisiones clave de mi vida.

    Yo iba en busca de un tutor, de un maestro, y es lo que encontré, aunque de manera diferente a la que esperaba en un principio. Porque siendo ambas cosas, desde el primer momento sentí como se colocaba a mi lado, como compañero de camino. Con tanto que podía explicar y enseñar, aunque no renunció a ello siempre priorizó escuchar y aprender. Recuerdo muchas claves que me dio sobre la Atención Primaria, sobre el necesario enfoque biopsicosocial para abordarla, sobre la salud comunitaria… pero recuerdo más aún las preguntas que compartió, los “¿y tú cómo harías esto?” ante diferentes situaciones, su curiosidad por lo que yo había aprendido del mundo de la pobreza y la exclusión en ATD Cuarto Mundo, los ánimos con los que nos lanzaba a los residentes del centro a dar un paso adelante para encontrarnos con el vecindario y compartir con este lo mejor de nosotros mismos.

    Cuando encuentras a alguien así, solo queda decir “gracias”. Y cuando toca despedirle, como es el caso ahora, aunque las lágrimas asomen y su ausencia genere angustia, no me sale decir otra cosa: gracias, gracias, gracias. Gracias, maestro, por todo lo compartido, pero sobre todo por el hecho mismo de compartir el camino y tantas luchas y cuidados necesarios para sostener la vida: la sanidad pública universal, el derecho a unos ingresos y una vivienda digna, la participación comunitaria como clave para avanzar hacia un horizonte libre de desigualdades e injusticias.

    Somos muchas las personas y colectivos que reconocemos a Juan Luis como un referente, como un maestro común. De hecho muchas veces bromeamos hablando  de los 100.000 hijos de Juan Luis, de quienes aprendimos junto a él a entender la salud desde una clave comunitaria y emancipadora. Por eso ahora, en estos momentos tan desorientados y desorientadores, creo que es fundamental que señalemos y compartamos esos aprendizajes que entretejimos junto a él. Son señales y claves a poner en común para recuperar un mapa de salud y cuidados comunitarios que nos ayude a encontrarnos, pese a las diferencias, construyendo un presente y un futuro de respeto, reconocimiento y dignidad.

    Seguimos, maestro. Seguimos en común.

    #JLRGMaestroComún #tequeremosJLRG